Se habían saludado tímidamente en una de las asambleas de la agrupación Vinyataires Libres de la cual ambas bodegas forman parte. Hoy empollarán la amistad alrededor de una mesa después de escucharse sin prisas y de aprehenderse. En l'Arboç el día despierta radiando. El abril se va definiendo con las horas; el sol calienta y la marinada lo hace más soportable. Las lluvias tímidas de los últimos días han dado vitalidad a los cepos viejos que ya despuntan borde la bodega, pero hacen falta más, principalmente en los territorios que no tienen agua, como el Priorat. El agua ha acontecido, inevitablemente, una obsesión para los campesinos. Metería Vinos y Entre Viñas, dos bodegas de escalera humana, comprometidos con la cura del paisaje, sientan para cruzarse verdades sobre la vida y el vino. “Hemos tenido que instalar riego sepultado”, dice el viticultor Josep Maria Tort, justificando la estampa bucólica que regala a los ojos la cubierta vegetal toda lozana. Escuchan las viñas insertas en el Parque Natural del Foix; hacen tratamientos biodinámicos y regenerativos por convicción pero también para mirar de resistir el embate clima. Jaume Roca i Montse Castro contemplan la belleza de un suelo hidratado en la llanura del Penedès; la comparan con cierta tristeza con sus viñas hoy sedientas, resistiendo en pendientes austeras en la Figuera.

“Aquí donde somos antes eran granjas de pollos y de cerdos. Alrededor había olivos, melocotoneros, viñas… Se siente todavía toda esta energía. Ha habido molidas historias en este espacio”, explica la enóloga Maria Barrena de Entre Viñas. “Siempre se tiene que involucionar, hay que volver a revalorizar la tierra como aquello natural y productivo que es. La viabilidad y la identidad es tu producto con la singularidad que tú le das”, remarca Jaume Roca. “Cada generación tiene un contexto, está claro. Se huyó de la riqueza del policultivo para lanzarse al progreso, porque daba resultados inmediatos”, recuerda Maria Barrena. Ninguno de los dos juzga las decisiones de un tiempo que no fue el suyo. Comprenden, aceptan y miran de hacer un giro para ganar valor. “El vino tiene la capacidad de transmitir cada zona. Cuando estudiaba Enología, me enseñaban que se hacía a la bodega, pero está claro que lo hace el paisaje”, corrige Barrena. “Si algo tiene el vino es que es un producto para disfrutar, que da identidad y singularidad. Permite que las personas se arraiguen a un entorno rural y agrícola. Ficaria hace vinos honestos, desnudados, de uva y de nada más”, comenta Roca.

Una mesa, tres copas y Èlia. Adentro del vino, homenaje a una de las hijas, tres variedades y una mirada integradora. Metería sirviendo en casa de Entre Viñas. El Peludo, el perro de la bodega, respira en los pies medio adormilado. “Cuesta definir cómo es un vino hecho con la natura porque estamos muy contaminados de todo aquello convencional. Hay que colaborar y dejar que se exprese”, explica Maria Barrena. “¿Por qué tenemos que poner etiquetas siempre?”, añade Montse Castro. “Tenemos que ser capaces de cuidar el campo, el producto y explicar qué hagamos, porque también hay belleza en el hecho de acercar tu realidad. Poner la escalera humana en el centro, que las manos que tocan sean un valor”, defienden a Entre Viñas. La artesanía en el centro. “La figura del artesano es la que reivindicamos. Y queremos que la administración también la reconozca. En algún momento hay que hacer visible que no todos trabajamos del mismo modo. Somos artesanos del que estamos haciendo, y también tenemos una parte creativa”, matizan a Ficaria. “El valor tiene que ser el vino que cuida el paisaje, que no crea residuos, que también tiene cura de las personas. Es un producto vivo”, resuelve Maria Barrena. “Tenemos que establecer una relación de respeto y también cultural con el vino”, añade Montse Castro. Recuerda la normalidad con que el porrón presidía las mesas, como un alimento más. “Siempre hemos tenido la idea que el vino es un miembro más de nuestra familia”, dice la enóloga de Entre Viñas. Y añade: “A los hijos les hemos transmitido el amor incondicional y de respecto a la natura a través del vino; esto es el que queremos trasladar a la siguiente generación”. Y los tres reivindican el poder transformador de una mesa. Dice Jaume Roca: “Hemos enseñado a los hijos que para comer no se tiene que tener prisa. Te activa los sentidos, el espíritu, el alma… Con los alimentos y con la conversación, que todo fluya… Esta es la sensación del vivir”. “Toda la transmisión de conocimiento de la zona donde vivo me ha sido transmitida oralmente. Si no hablas, la cultura de los lugares, el saber sobre animales, plantas… Se pierde. Yo lo sé porque a mí me lo han dicho el abuelo, el padre… A veces un campesino tiene más cultura que un universitario. Se tiene que conocer el lugar donde vivos”, recuerda. “Hay cosas que no se pueden estudiar. Yo he tenido que desaprender de esta mirada tan científica y especializada centrada en la bodega y la tecnología. No había escucha hacia el paisaje. Hay todo un mundo que no nos enseñaron. Más allá de la planta, hay el suelo. Creo que la Enología se tiene que abrir a las Humanidades. Hacer vino es un sistema de equilibrios. Vendimia detrás vendimia intentas entender qué pasa a la viña y qué es tu relación con ella”, comenta Barrena. “Tenemos que intercambiar conocimientos, estamos en un momento complejo, pero nos tenemos los unos a los otros”, advierte Montse Castro. Obstinados los tres a crear puentes transparentes de confianza y; el vino como alimento y herramienta de relación social, de aprendizaje mutuo y permanente.

“Perdimos la cultura de secano y ciertamente en el Priorat no hemos tenido nunca agua. Pero venimos del Si no tienes agua, te la llevarán. Tenemos que aprender a vivir con el que no tenemos o el que tenemos, porque lo otro te hará esclavo del que no eres. A lo largo de los años se han establecido técnicas de cultivo que dependen del agua. No aprenderemos nunca”, dice con gravedad al rostro Jaume Roca. “La natura también nos pide recuperar el policultivo, es como un seguro agrario. Y el paisaje lo agradece. Ves riqueza y belleza. Hay que recuperar el mosaico mediterráneo que es resiliente. Solo así seremos más independientes y soberanos. El problema es el modelo; la agricultura es la solución, cuando es razonada y fundamentada en el paisaje”, responde Maria Barrena. “Hace falta que la sociedad esté dispuesta a hacer este cambio, a valorar el campesinado”, suma con acierto Montse Castro.

Se abre una conversación nueva a propósito del agua, de las altas temperaturas… de cambio climático, en definitiva. "Habrá cambios porque están en el paisaje. Nosotros hace 10 años que elaboramos y en los últimos 5 ya no hay hilo conductor. Se avanza la fecha de la vendimia, hay más matiz herbáceo porque no tenemos hoja a final de agosto. Hemos aprendido a comprender el lugar y la añada. Hay más rusticidad en los vinos jóvenes, pero no perdemos acidez. Constatamos que podemos guardar los vinos porque evolucionan más bien", relata Maria Barrena. “Tenemos que evitar buscar el que hacen otras regiones de vinos del mundo y también seguir las tendencias. Vemos que se busca adelgazar los vinos y se derrocha el potencial del vino del mediterráneo. En el Priorat tenemos sol y poca agua, de forma que los vinos tienen que tener acento y carácter. Solo si son auténticos permiten pasarlo bien”, explica Roca. Recalan en el debate de variedades y nuevamente los tres convienen en que hay que respetar las miradas y decisiones de cada tiempo. “Nos falta autoestima también. Tenemos una tierra, un paisaje, unas variedades y mucho que decir. Hay que adaptarse a las circunstancias pero no querer ser otra cosa. Creo que es bueno que el mundo del vino se abra, es positivo y te permite encontrar tu lugar, desde donde quieres trabajar y situarte”, resuelve Barrena. Comentan la amplitud de estilos que hoy hay al mercado, desde blancos con maceración, negros más delgados y rosados sin color, que admite sus opuestos, que son los más representativos del Mediterráneo. Algunos no se traicionan. “El mundo del vino es vulnerable. Está claro que la viticultura del futuro son variedades de ciclo largo, pero no podemos arrancar cepos que han tenido un sentido en un determinado momento”, afirma Barrena para referirse al cabernet sauvignon que cultivan a Ficaria. “Hagamos vinos de paraje, paisaje y natura”, contextualiza.

La reflexión alrededor de las variedades de uva se anima con tragos de vino. Sobre la mesa, Èlia, veinte años de un vino principalmente de garnacha negra (70%) que se redondea con cabernet sauvignon y sirà. De viñas viejas, crece en suelos arcillosos y calcáreos y hace la crianza durante un año. “Creo que es decisivo comunicar la persona que cuida los cepos. Es más, es mucho más importando que hablar de variedades. Hay vinos que son esencialmente un paisaje, pero más que el tipo de uva hay la conciencia de quien lo cultiva”, asevera Barrena. Se levantan de mesa y seguirán conversando borde los cepos viejos, respirando la primavera. Barrena y Torcido les ofrecen el Onírico, "muscat" dentro del huevo 2022, un vino de parcela única, de viñas viejas. Jaume Roca dirá que es una variedad que lo fascina: “Soy un amante del muscat cuando está hecho con personalidad, finura y elegancia”. Como el que tiene en las manos. Un vino penedesenc empollado en huevos de cerámica, salvaje y moderadamente exuberante. “Escuchamos, observamos y acompañamos”, dice Barrena. “Es fantástico cuando eres capaz de descodificar algo que es muy íntima”, añade con toda la amplitud metafórica de la expresión que hace volar la imaginación. Y explican el sentido de la etiqueta del vino donde esta vez no hay pájaros ni aves como es habitual, pero no por eso dejan de elevarse.