Vanesa, Montse y Jaume hablan de su profesión, de la actividad vinculada a la tierra y del arraigo profundo a partir del conocimiento y el aprecio por el lugar. Coinciden que nos faltan campesinos y que el reto imperativo es educar la juventud del mundo rural para valorar más encara aquello propio, pero que para hacerlo hay que conocer bien el lugar y, porque esto pase, hay que ser.
Eos membrillos todavía son al árbol. Son pequeños porque la sequía hace estragos por todas partes. A Ficaria, las viñas de La Font conviven con árboles frutales. Las abraza un paisaje imponente e ignoto, el de la Figuera, en el Priorat. El caquier ya no guarda ningún fruto y las hojas han mudado de color. El granate espera paciente la empatía del conjunto de la vegetación del cepo, un giro repentino en su cromatismo. Todavía no se percibe el otoño; la temperatura es de primavera. El día despierta lento antes del cambio temprano. Hay ganas de escuchar, de explicarse y de descubrirse. El cielo, enteranyinat. Rayos de luz a batzegades. La conversación también ilumina. El campanario del pueblo marca el tempo de un diálogo sin prisas que gira alrededor del valor del ruralisme y el campesinado. “El paraíso no existe. Tú buscas tu lugar”, afirma de entrada Jaume. “En el pueblo es donde estoy más a gusto y me siento más persona”, dice Montse. “Cada día agradezco donde estoy. Acaba siendo mi paraíso e intento decirlo a los hijos porque de forma natural no son conscientes”, añade Vanesa Freixa, ilustradora y activista rural. Se sitúan geográficamente, se explican los respectivos oficios y comparten el haber desandado el camino: devolver en el pueblo después de habitar un entorno urbano. Los primeros minutos giran alrededor del callejón sin salida en que se encuentra el sector primario. “El campesinado es ninguneado y maltratada, pero no puedes estar renegando todo el día”, comenta Jaume. “Y es incapaz de organizarse”, remacha Freixa.
La pasión por el vino empieza el 2002. Es tanta que incluso se aventuren a abrir una vinoteca en el pueblo cuando todavía se conoce poco el concepto. Lo denominan “El Circell”. La tierra definiéndolo todo. Jaume y Montse han abierto camino siempre. Volviendo de una feria de vino en Batea, “después de probar un vino hecho honestamente y muy primariamente” matiza Jaume, piensan que ellos también se pueden dedicar, a elaborar vino. Metería nace de una desazón, de unas ganas, de una intuición, de una ilusión y de un deseo. Se hacen lugar en un territorio donde los contornos geográficos y la esencia de Priorat y Montsant están ya definidos, pero con la libertad que dan la distancia y la altura de la Figuera. La Sierra de Montsant inspira, abraza pero también libera.
“La autoestima viene dada por el reconocimiento que viene de fuera. A menudo tienes que repreguntarte tu papel. Hay carencias y sufrimiento en el camino que trazas”, afirma Vanesa Freixa. “Cada trozo que cultivamos tiene su identidad, pero en todos hay paz, energía, magia… El Priorat es una tierra telúrica”, dirá Montse. “El entorno condiciona la manera de pensar”, añade la ilustradora. “Allá donde vivimos podemos desarrollar la observación, pasar buena parte del tiempo afuera y en silencio. Te das cuenta que pasan cosas alrededor tuyo y tienes relación de vecindad con los animales. Se acostumbran a nosotros y por eso somos capaces de ver más que el resto de personas, porque no nos tienen miedo. Se acostumbran a nuestra voz”, añade. Se pasa la mano por el corazón y el gesto habla de convicciones sentidas. Una mariposa sobrevuela la escena de rodaje. La biodiversidad es evidente a las viñas de Ficaria, si bien la sobrepoblación de alguna especie como la cabra hispánica y el corzo han acontecido un quebradero de cabeza cada vez más grande para el cultivo de la viña. La ponen en juego. “La agricultura biodinámica me ha explicado el vínculo entre el mundo vegetal y animal. Volver a la tierra me hace sentir vivo, porque somos un elemento más de la natura. La biodinámica me da respuestas al trabajo de campesino y por eso lo aplico en viticultura”, comenta Jaume.
El vino enciende la conversación. Pater es un icono. El primero monovarietal de garnatxa negra vinificat, en sus inicios, bajo el amparo de la DON Montsant. Ahora Metería se siente cómoda haciendo vino en el margen, en uno en torno a confianza que ha creado con el colectivo Vinyataires Libres. “Es un vino de racimos de tres trozos de la Figuera donde hay clones viejos de garnatxa negra. Refleja identidad y carácter, los del entorno. Aquí la garnatxa no era valorada, pero nosotros entendimos que si queríamos ser, teníamos que ser el que somos. Hay que revalorizar lo propio”, explica con firmeza Jaume. “Como la xisqueta, que la defendimos, tanto la raza de oveja como el oficio. Y lo difundimos. Tejimos de nuevo con lana local. Esto demuestra el aprecio por el lugar”, matiza Freixa. El diálogo gira alrededor de los valores arraigados, de territorios pobres que se vacían y que se llenan con actividades resistentes como el cultivo de la viña o el turismo sostenible que se deriva. “El Priorat no es solo vino, es paisaje, natura, tenemos historia, tenemos aceite…”, recuerdan a Ficaria. “Tenemos una roca calcárea muy particular y muchas islas de bosque que preguntan gestión. Su abandono ha llevado al desequilibrio de la vida animal, y por eso tenemos plagas”, se lamentará Jaume. “Cuando eres responsable del espacio, la mirada es diferente y entendemos determinadas acciones de la otra gente que generan estrés y gasto”, significa Freixa. “Un año más como este no lo podremos aguantar. Ahora la especie en extinción somos nosotros. Hemos reducido la cosecha en un 70%. Tenemos una presión muy alta de animales salvajes porque tenemos bosque. Las plantas no tienen recursos para volver a brotar, la poda será una odisea. Pasamos unos veranos muy amargos con los animales y la sequía”, se lamentan a Ficaria. “Yayo Herrero dice que con la gestión del clima no puedes negociar, pero sí que se puede hacer con la gestión del territorio”, aporta sabiamente a la conversación Vanesa Freixa.
Y en este punto, se manifiesta el descontento compartido con la Administración. “Son poco eficientes, pasa mucho de tiempos hasta que resuelven una problemática”, dice Freixa. “Una parte de la cosecha ya estoy dispuesto a que se la coman los animales, porque ellos también son biodiversidad y me dan vida a mí, pero la mala gestión del Gobierno me afecta mi supervivencia”, resolverá Jaume. Burocracia, papeleo, trámites infinitos que les obligan a pasar demasiado tiempo a la oficina cuando la vida de campesino se resuelve en el campo. “Sentirse indefenso porque quién lo regula todo no lo gestiona. Tenemos desequilibrios y especies no autóctonas”, se lamenta el viticultor. “Cuando los territorios se despueblan, se colonizan los entornos, hay una desvinculación grande del campo y nadie se atreve a legislar”, afirma Freixa. Ellos que lo habitan, unos la montaña mediterránea y la otra la pirenaica, reclaman ser escuchados. Estiman el paisaje que les da sentido y los oficios que les definen. Y por extensión la artesanía, la autenticidad y el gesto humano de sostener el que es propio. También el lenguaje. Se obstinan a rescatarlo y hacerlo pervivir. Hablan del pinçà, del barba-rojo, del mirlo. Del duque de la etiqueta del Pater. Del que les han transferido los antepasados y del que quieren legar a las generaciones futuras. Militan en la resistencia del cultivar y del vivir con la tierra. Se aprehenden con ella.
Cuando la cámara se para, el diálogo continúa y hablan de alimentación. Pasean entre cepos viejos y muros de piedra seca. “Como que nos llegan los alimentos de todas partes y son fáciles de conseguir, no tenemos la conciencia de que están hechos en un espacio concreto y a través del trabajo de muchas personas. No hemos valorado bastante el trabajo de los ancestros en el papel de alimentarse y de alimentar. Arrinconamos su conocimiento y lo llegamos a ningunear, pero ahora vemos que no es así”, suspira Vanesa Freixa. Y añade: “Nos faltan campesinos. El campesinado no es en los libros, no llega a los pequeños y me duele en el alma haberme avergonzado para sentirme diferente para venir de donde venimos. Hemos despreciado el trabajo de los antepasados”. Sus palabras encuentran cobijo en la mirada de Montse y Jaume. Le sienten decir: “Me siento mucho de tierra. No sé si tendré que marchar nunca de donde vivo pero no lo quiero hacer de ninguna forma”. Y a Ficaria se solidarizan: “Aunque no den uva o muy poco, sostenemos estas viñas. Todo esto es fruto de nuestra miseria. Nuestro patrimonio es nuestra miseria. Estaría todo trinchado si no hubiera estado así, habríamos perdido las plantas viejas”. Y Montse matiza: “La dejadez de la Administración en este lugar ha significado una salvaguardia bestial del patrimonio vegetal, la posibilidad de ser auténticos todavía”. Comparten que el reto imperativo es educar los jóvenes y valorar más encara aquello propio, pero para hacerlo “hay que conocer bien el lugar y tienes que ser”, espeta Jaume. Más delicadamente lo resume Vanesa Freixa en su libro “Ruralisme”: “Quiero mejorar como persona a través del vínculo que tengo con la tierra (…) A veces pienso que quizás me dejo llevar por una ilusión y que me fuerzo a ver un vínculo invisible que en realidad no existe. La tierra no espera nada de nosotros, no depende de nosotros. Ella sabe que somos una anécdota breve en su larguísima existencia y que pase el que pase resistirá en el tiempo. Transcurrirá por estadios bellísimos y por instantes de completa destrucción, desfigurada e irreconocible”.





